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jueves, 22 de agosto de 2013

Ejercicios de memoria para niños inapetentes

El aprendizaje de sabores y olores relacionados con la alimentación suele acabar en la adolescencia e inicios de la juventud. En ese momento ya se puede decir que se han probado todos los sabores y que disponemos de un arsenal de recuerdos gustativos y olfativos que nos van a acompañar de por vida. 

Fisiológicamente hablando esto significa que nuestro cerebro ha guardado la relación existente entre un aroma, un gusto y una visión de un determinado alimento y la correlación que existe entre la necesidad de proveerse del mismo y el sentimiento que prevalece ante el mismo por parte del individuo (si gusta o disgusta). Todos sabemos que es bastante difícil resistirse al aroma o la visión de una barbacoa o de un huevo frito aunque no tengamos hambre algo que también ocurre cuando vemos una fotografía de los mismos (y esa es la razón que se cuide tanto la fotografía en los libros de cocina). Cuando percibimos las sensaciones que nos llegan de una comida apetecible el cerebro genera un neurotransmisor que activa diversas hormonas relacionadas con el hambre. Dicha reacción no se produce si ese cúmulo de sensaciones no habían sido almacenadas previamente. Esto explica que algunas personas, pertenecientes culturas diferentes a la nuestra, permanezcan indiferentes ante manjares que a nosotros nos resultan irresistibles.

El cerebro también es capaz de que mostremos atracción hacía elementos que en principio no huelen o saben a nada. Tomemos como ejemplo el agua, que es inodora e insípida pero imprescindible para la vida. Está comprobado que todos los individuos se muestran reconfortados ante la visión de un río de aguas limpias, un arroyo de montaña o una catarata : es la sensación que el cerebro nos envía para que apaguemos nuestra sed y así reponer este líquido vital en nuestro cuerpo.

A partir de la adolescencia el individuo puede seguir aprendiendo nuevos sabores, visualizaciones y texturas de la comida pero siempre partiendo de los conocimientos previos que había almacenado. Cuanto más ricos sean dichos recuerdos más fácilmente adoptaremos los nuevos. Todos hemos conocido compañeros de viaje incapaces de adaptarse a la gastronomía de otros países. Recuerdo un vietnamita que llevaba más de cuarenta años viviendo en Francia y que era incapaz de comer las recetas habituales del país anfitrión. Sin ir más lejos, yo mismo sentía alivio cuando en las gastronomías de Oriente Medio encontraba recetas que se parecían a las españolas, mientras que me encontraba fuera de lugar y confuso cuando visitaba países donde no encontraba ninguna receta de referencia y todos los sabores me parecían extraños.

Los niños inapetentes suelen convertirse a corto o medio plazo en niños de gustos muy poco variados. A veces los progenitores tienen la culpa al repetir de forma constante y monótona aquellas recetas donde saben que con menos esfuerzo el inapetente al menos comerá. Se de niños inapetentes que se alimentan de apenas dos o tres platos y que además desarrollan una intensa neofobia - temor a lo nuevo - sin haber siquiera probado la nueva receta que se les ofrece. Es cierto que ese relativo éxito al conseguir que coman o mordisqueen siempre las mismas recetas da un cierto respiro a los padres - e incluso al niño -, pero es desde luego lo peor que se puede hacer. No sólo se trata de que el ser humano necesita encontrar los elementos nutricionales en un amplia gama de productos, sino que además al privar al niño de sensaciones culinarias por muy fallidas que parezcan,  estaremos sentenciándole de por vida a portar un cerebro que no sabrá reconocer la comida - en un sentido amplio de la palabra - y que además carecerá de la necesaria elasticidad para adaptarse a situaciones nuevas. Ese cerebro sin recuerdos gastronómicos les hará más vulnerables a las enfermedades y les complicará la vida social  porque ¿que harán cuando encuentren un trabajo que les obligue a viajar por el extranjero? ¿no comerán delante del anfitrión despreciando la comida del país que visiten?

Nuestro cerebro reconoce la comida por su aspecto, por su olor y desde luego por su sabor. Así que los niños inapetentes deben ser entrenados en esos tres aspectos con juegos sencillos

Ejercicio 1 : vendando los ojos del niño colocamos cerca de su nariz diversos productos que se identifiquen con cierta facilidad por su olor : cebolla, ajo, laurel, pimiento, melocotón etc. Jugaremos con él a que adivine cuál es cuál por su aroma. Cuando hayamos realizado este ejercicio diversas veces, le pediremos que pruebe a buscar los aromas que conoce en nuestros guisos.

Ejercicio 2 : nos bajaremos de Internet fotografías de diversas recetas y las mostraremos al inapetente. Le diremos el nombre de las mismas - mejor si son recetas que hacéis habitualmente - y le pediremos que las memorice. Le explicaremos cómo se hacen y que trate de recordar el aroma que desprenden. Cuando las realicéis les pediréis que muestren la foto correspondiente o bien digan el nombre de la misma sin mirar en el puchero.

Ejercicio 3 : que el niño/a os acompañe al mercado. Le explicáis el nombre de las frutas y verduras para que las memoricen. Luego jugáis con ello a que las identifiquen en las tiendas correspondientes.

Ejercicio 4 : cocinar con ellos. Aunque luego no se lo vayan a comer, es difícil que un "cocinero" novato se resista a probar su propia creación. Puede ser una hamburguesa o una pizza hechas con materiales de primera calidad, así que es poco probable que se niegue.

Ejercicio 5 : los sabores primarios son bastante escasos. Tenemos el dulce, el salado, el ácido, el amargo y el umami. Le vamos a hacer probar diversos ingredientes para que den su opinión sobre cuál es el sabor que predomina. Algunos como el azúcar, la sal o el vinagre son fáciles de catalogar pero otros son mucho más complejos como el yogur que mezcla la dulzor con la acidez. Sed muy amplios en el repertorio de sabores, cuantos más prueben más fácil será luego hacerles comer nuevas recetas.

Como veis son ejercicios muy sencillos que no obligan a comer pero entrenan al cerebro para reconocer lo que es comida. Sin gritos ni disgustos, sin que uno sienta que ha sido forzado a comer y el otro que no se come nada de lo que cocina. Como si fuera un juego.



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