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martes, 4 de octubre de 2016

Fructosa e hipertensión : el asesino silencioso

La hipertensión arterial, explicada de manera muy simple, consiste en el exceso de presión por el que circula la sangre por las arterias. Si pensamos en las arterias como en tuberías la causa del aumento de presión sería o bien porque circula demasiado líquido para la sección de las mismas o bien que, a mismo flujo, las "tuberías" han sufrido un estrechamiento anómalo de las mismas que no permiten la circulación adecuada de la sangre. En cualquier caso para que la sangre, llena de oxígeno y nutrientes, llegue a las células de nuestro cuerpo el corazón debe bombear la sangre con mayor fuerza aumentando la presión en todo el aparato circulatorio. Esto a la larga puede desembocar en enfermedades vasculares crónicas o bien ser causantes de paradas súbitas fatales.
Las causas de la hipertensión son muy variadas, entre las que se encuentran las causas genéticas -hijos de progenitores hipertensos son más propensas a padecerla - y de alimentación, siendo la obesidad un riesgo importante.
En cuanto a un paciente se le detecta una presión arterial anómala la primera medida que se solía tomar era reducir la ingesta de sal. La sal, concretamente el sodio, retiene el líquido del paciente aumentando la presión por el símil con las tuberías que hemos visto anteriormente. Es por eso que los médicos, aparte de retirar el sodio de la dieta, acostumbraban a recetar diuréticos que facilitaran la expulsión de orina y con ello disminuyera la presión ejercida por la sangre (una persona sedienta tiene la sangre más espesa que una bien hidratada ya que el componente principal del flujo sanguíneos es básicamente agua).
También se recomendaba adelgazar y ello conllevaba disminuir la ingesta de lípidos (grasas) y azúcares. Cuando el paciente adelgazaba, disminuía o anulaba la sal en la dieta y tomaba las medicinas recetadas se estabilizaba la enfermedad que pasaba a ser crónica y no inhabilitante.
En la última década la industria ha ido retirando el azúcar de muchos alimentos. El azúcar causa obesidad y diabetes, entre otras muchas afecciones, habiéndose ganado una muy mala reputación. La industria ha sustituido la misma por edulcorante, artificiales o naturales, con desigual éxito. Lo cierto es que el azúcar estimula unas áreas del cerebro que no son las mismas que estimulan los edulcorantes artificiales y por esta razón los alimentos edulcorados no proporcionan la misma sensación gustativa.

Para paliar este efecto hace años se empezó a reemplazar el azúcar por fructosa. La fructosa forma parte del azúcar (en realidad un disacárido compuesto por una molécula de fructosa y otra de glucosa) y es muy fácil y barata de producir ya que se suele obtener del maíz, un cultivo muy extendido.
Y empezaron los problemas. Desde hace unos años a los médicos ya no les extraña que a sus consultas lleguen individuos jóvenes con problemas de hipertensión. Lo que antes era una enfermedad de gente adulta ahora se da con relativa frecuencia entre gente joven con el agravante de que por inesperada no se suele detectar hasta que está muy avanzada.

Primero se pensó que se debía al aumento de la obesidad entre la población más joven. Las dietas disminuían la incidencia, pero no la hacían desaparecer. Entonces, ¿cuál era la razón?

Diversas investigaciones dieron con la clave del problema. Se realizó el seguimiento de varios individuos para comprobar sus pautas de alimentación constatando que aquellos que consumían más fructosa eran los más propensos a sufrir hipertensión, aunque fuera pasajera. De hecho se comprobó que con la simple ingesta de dos vasos y medio de un refresco endulzado con fructosa los valores de la presión arterial se modificaban sustancialmente, incluso más que con el consumo de sal o de azúcar normal.

Está claro que si la fructosa es más perjudicial que la glucosa - que no parece ser perjudicial - lo será casi el doble que la del azúcar puesto que ésta última contiene sólo la mitad de fructosa. Lo que no parece tan claro es el modo en que esto ocurre.  Una de las hipótesis es que la fructosa reduce el óxido nítrico que es un relajante de las venas y capilares. Puesto que si las venas no se relajan la sangre se debe bombear con más fuerza, es obvio que debe aumentar la presión sanguinea.  Este efecto es parecido al que provoca hipertensión entre las personas que reaccionan a la insulina.

¿Y cómo se ingiere fructosa? La fructosa es el azúcar propio de las frutas y la miel, si bien se ha comprobado que éstas no afectan al óxido nítrico. La fructosa más perjudicial es aquella que se encuentra enmascarada en bebidas refrescantes, zumos y pastelería industrial. Y no digamos aquella que se vende como sustituta "sana" del azúcar. De hecho la fructosa, y no la sal, sería la principal causa de hipertensión en el mundo occidental.

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