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churrasic park - capitulo 17

 Capítulo 17º : Comida paranormal



>> “Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella del Reino?”

>> “Unas alitas picantes”

>> “Esto...espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella del Reino?”

>> “Pues una bravas con un culín de cerveza”


Espejito Mágico tras perder el audífono el 2004. O tal vez no.


En este capítulo he recopilado afirmaciones, historias y otros asuntos relacionados con la comida y para los cuales solo encuentro explicación desde el punto de vista paranormal. 

"He hecho la compra semanal para una familia de 4 con 20 euros"

Como veis he preferido empezar con una afirmación que entra de lleno en el campo de lo paranormal. Me la envió por correo electrónico hace poco una lectora y aunque traté de contactar con ella para aclarar los términos de la misma no conseguí que respondiera. 

A partir de la recepción del email comencé a realizar diversos simulacros para conseguir idéntico milagro. Fue en vano. Ni siquiera con alimentos tan básicos como harina, arroz, garbanzos o guacamole pude obtener el coste indicado.

Por favor, Mari Pili, ponte en contacto conmigo a la mayor brevedad posible. Si no puedes porque ya no te encuentras en nuestro plano astral, te indico que tengo ouija. Lunes y Jueves de 22 a 23 horas.

“No veo nada del supermercado si no está en la lista de la compra”

La ceguera de supermercado es un don sobrenatural que poseen algunas personas las cuales,  al ceñirse estrictamente a la lista de la compra que han confeccionado en su hogar, son incapaces de ver ningún otro producto expuesto. Esto redunda en un sustancioso ahorro al evitar productos-trampa con que los supermercados inundan los anaqueles más estratégicos.

Se sabe que algunos departamentos de marketing de grandes superficies detectan a este tipo de individuos y ya están empezando a ponerles trabas para que entren en sus instalaciones. 

Por favor, mutantes, sed precavidos.

“Cuando retiro el panel del fondo del armario entro en otra dimensión, donde abundan las estanterías con alimentos que puedo tomar y llevarme a esta dimensión sin tener que abonar nada”

Este es un ejemplo de falsa paranormalidad. El individuo, que alegaba alcanzar una especie de Narnia desde el armario ropero, en realidad había dado con un agujero en el  tabique que le separaba del supermercado de la esquina. La explicación dada a la policía no pareció convencer a esta, puesto que las supuestas compras mágicas siempre se realizaban a altas horas de la madrugada. Todo el mundo sabe que Narnia está a todas horas, no hace falta ir de madrugada.

“Pizza ouija”

Si eres amante de la ouija, de lo paranormal y de los entes que parecen niños buenos y asustados y luego resulta que son espíritus que se cuelan en tu casa,  más malos que una bicicleta sin sillín, ésta es tu manualidad.

Para confeccionar una pizza ouija necesitas :

    • Una pizza carbonara, cuatro quesos o barbacoa. Nada de pizza con piña o con los bordes de queso.

    • Un tablero donde hemos escrito en semicírculo todas las letras del abecedario, las palabras SÍ y NO además del símbolo de la arroba (@) por si el espíritu tiene correo electrónico

    • Un montón de amigos, a ser posible adolescentes y dispuestos a morir en orden para llenar el metraje de la película.

Cortamos un triángulo de la pizza aún sin cocinar (pero no congelada, a menos que tengáis una sierra eléctrica). Esto nos servirá como puntero.

Cerramos las luces dejando una vela. Os juntáis todos alrededor del tablero y apoyáis los dedos índices de vuestras manos sobre el trozo de pizza.

Discutís un rato sobre qué comida vais a pedir : china, mexicana, KFC o hamburguesa.  Una vez decidido hacéis el pedido. Si habéis conseguido contactar con el espíritu de Glovo, Uber, Deliveroo o similar, la pizza hará todo el trabajo y marcará ella sola los menús solicitados.

Al cabo de un rato llamará a vuestra puerta el repartidor y cena solucionada.

En cambio, si la ouija detecta que uno de vosotros no está del todo acuerdo con la elección de comida marcará constantemente la palabra “brócoli”. Cerrad sesión y volved a hacer un brainstorming. Hasta que no estéis de acuerdo no podréis hacer pedido. En caso de no conseguirlo mejor que pongáis al horno el resto de la pizza o llegará vuestra madre ofreciendo una cena de verduras.

Pero si lo estáis haciendo para echaros una risas, os traen al pairo los espíritus y su puta madre y no tenéis tarjeta de crédito ni saldo en el móvil,  el triángulo de pizza se moverá frenéticamente de lado a lado diciendo que es el espíritu de Toby, que está asustado, que tiene 9 años y necesita ayuda.

Ya podéis empezar a correr.

“Los reponedores de supermercado viven en el mismo supermercado”

Una afirmación tan cierta como espeluznante.

Cuando las luces del centro comercial se apagan y circulan por los pasillos vigilantes escoltados por perretes asesinos, los reponedores cuelgan sus máquinas marcadoras y en filas se colocan entre las estanterías para pasar la noche. Antes, por sorteo, han elegido quién de ellos tendrá derecho a dormir aquella noche sobre unos cartones del almacén que el centro comercial les cede por compasión.

Antiguamente los reponedores poseían casa, familia, amigos. Sucesivos recortes en el sueldo fueron limitando sus posibilidades y ya no les sale a cuenta tener ninguna de tales cosas. Ni siquiera pueden abandonar el centro de trabajo por ser económicamente inviable, aunque sea a la puerta a tomar el aire. El último que lo intentó se desmoronó como una pila de ceniza así lo atravesó un rayo de sol.

“Me cociné el dedo gordo del pie para ganar otra estrella Michelin”

Esta frase no refleja la idea germinadora de un guión de terror gore, si no lo ocurrido a Jacques Coquine,  chef de Le Canard, en Dardilly, Francia.

Deseoso de ganar una estrella Michelin diseñaba platos extravagante que no parecían merecer la atención de los inspectores de tan prestigiosa guía culinaria.

Pasaban los años y aumentaba la desesperación de aquel hombre que había renunciado a todo para vivir por y para los fogones.

Un día recibió el chivatazo que uno de aquellos deseados inspectores iba a personarse en su restaurante. La agitación que se vivió aquel día en Le Canard fue brutal.  

Por aquellas casualidades de la vida, toda la clientela era conocida y solo un hombre, de mirada severa y gafas apoyadas en la punta de la nariz, parecía responder al estereotipo que Jacques había formado sobre la forma y los modales que debía poseer un inspector de la Michelin. Eso y que era igualito al crítico que aparece en la película Ratatouille.

El cliente señalado pidió el menú degustación, formado por pequeñas muestras de gran cantidad de platos, para finalmente solicitar el célebre estofado de pie de cerdo con jengibre de Le Canard. Aquel debía ser el plato que diera a Jacques el paso a la fama y el chef no confió en nadie para su realización. 

Era tal su nerviosismo que en un corte mal dado seccionó su dedo meñique. No sintió dolor. Ni se quejó. Nadie en la cocina se dio cuenta.

Envolvió la mano en un paño y continuó con la tarea. Cuando finalmente dejó el plato en la repisa, el camarero reparó en la sangre que empapaba la tela y solo entonces el resto de cocineros detuvo la tarea para socorrer al chef. 

Quisieron llevarle al hospital pero quiso esperar a que el camarero le contara la reacción del hombre. Cuando éste le dijo que había recibido una efusiva felicitación,  Jacques se desvaneció de alegría.

Buscaron la falange perdida sin éxito. Camino del hospital, Jacques era el único que iba feliz entre rostros graves y penados. 

Ciertamente recibió la tan ansiada estrella Michelin. En el hospital, mientras convalecía, le explicaron que había sido imposible encontrar la falange seccionada. Meses más tarde, al recibir el premio al esfuerzo de tantos años, caviló que el éxito de aquellos pies de cerdo se debieron no al jengibre, sino al dedo que en una pirueta entre trágica y cómica había caído en el puchero para desaparecer por siempre jamás.

La segunda estrella también se resistió hasta que otro dedo, esta vez del pie,  fue a parar en su estofado ginebrino y con él agasajar al inspector de turno.

Ya no parecía necesitar más amputaciones. Con dos estrellas Michelin tenía el libro de reservas completo a dos años vistas pero para entonces ya se había convertido en un adicto a las adulaciones y los premios.

En la cena con la que pidieron honraran al nuevo Presidente de la República, cayó otro de esos dedo que, por estar oculto en su calzado, parecía prescindible.

Mucho más tarde, cayó la tercera. A sus sesenta años, cojeando por motivos ocultos, solo en su restaurante, sin familia ni amigos, sin dedos. Abrió la guía, en medio de la soledad de la sala que era su única casa,  y allí vio la tercera estrella, la que le encumbraba definitivamente. 

A la mañana siguiente le encontraron sentado, con la cabeza baja  y el mentón clavado en su pecho. Frío y rígido como había sido su vida, apenas calentada por el calor de los fogones y la fama incierta y esquiva de unas estrellas que se desvanecen con la luz del día. Como si nunca hubieran existido.

En la funeraria, cuando preparaban su cuerpo, retiraron los zapatos y entonces se dieron cuenta de la terrible verdad. Porque aparte de la poda el chef Jacques Coquine, tal vez por maldad, tal vez por descuido, tal vez como una póstuma rebeldía o como burla,  había dejado solo dos dedos en  cada pie. Los que restaban, largos casi como dedos de la mano, formaban una peineta irreverente.

Puede que esta historia no os haya causado inquietud, si acaso morbosa curiosidad, pero para los cocineros que hayan recibido alguna vez una estrella Michelin – o la hayan perdido – tiene sentido. La terrible esclavitud que supone estar al mando de una cocina de alto nivel viene recompensada, a veces, por unas estrellas que imponen aún más esclavitud. Tanto es así que más de un cocinero ha deseado prescindir de las mismas para vivir tranquilo mientras que otros, obsesionados como Jacques Coquine, han sucumbido a ellas, tan frágiles y lejanas, pero tan poderosas.

“Mi aportación paranormal”

Vale, confieso que soy un poco retorcido, pero cuando llevas cuarenta llamadas de teléfono que te ofrecen productos y servicios que no has solicitado tienes dos alternativas : colgar rápido para impedir que te vomiten el discurso que llevan aprendido o enviar al operador remoto a freír espárragos. Ambas maleducadas opciones no van mucho conmigo.

Me llamó una tal Winnifred Eloisa con un claro acento sudamericano. Sin dejarme opción a decir ni “hola” me largó atropelladamente su discurso sobre las bondades de una garrafa de agua de sesenta litros que me llevaban a casa por muy poco dinero. Asombrada de haber podido colocar el mensaje completo se quedó por fin callada.

Respondí como si fuera un niño de cuatro años (imitación que bordo, todo sea dicho).

- Hola, ¿eres mamá?

- Buenas tardes pequeño. No, no soy tu mamá. ¿Puedo hablar con tus papás o alguien mayor de tu hogar? - replicó la pobre Winnifred Eloisa con todo el dulzor que pudo reunir tras la que imagino era una agotadora tanda de llamadas.

- No hay nadie en casa. - dije a mi vez.

- No pasa nada mi amor. ¿A qué hora podré encontrar a sus papás?

- Hace mucho que no los veo.

Aquí la voz de la mujer empezó a desmoronarse un poco. Debió imaginarse a un niño abandonado, solo en casa, asustado.

- Pero sus papás van a venir a cenar, ¿no es así? - dijo con un poso de esperanza.

- Hace años que no veo a mis papás…

Se hizo un silencio prolongado. Empecé a soplar en el micrófono muy suavemente, como si las hojas de los árboles se agitaran por el viento ante los ventanales de Manderley.

- No te preocupes mi amor, seguro que llegarán a no más en unos minutos.

- Aquí hace frío. Siempre hace mucho frío. Hace frío a todas horas. Está oscuro.

Aquí ya la voz de Winnifred Eloisa se quebró un poco. Notaba su respiración agitada entre la brisa fingida que mi boca impulsaba hacia el teléfono.

- No mi amor, ya verás como llegan enseguida. - dijo con voz temblorosa.

-  No, no es verdad. Ellos no van a venir.

- Ay mi amor, ¿pero por qué decís eso?

Un largo silencio.

- Porque estoy muerto.

Lo siento Winnifred Eloisa. Reconozco que me pasé tres pueblos y ocho comarcas. Solo recuerdo que emitiste un grito y la comunicación se cortó. Espero que si lees este libro me perdones. O no. 

EPÍLOGO

Me gustaría seguir escribiendo porque tengo muchos temas sobre la gastronomía que apenas he tocado, pero por desgracia el tiempo apremia. Llevo desde la mañana escribiendo y necesito descansar. 

Además me acaba de llamar por el telefonillo de la portería Steven Spielberg diciéndome que tiene cuatro cosas que comentarme y que podemos conversar mientras jugamos a béisbol en el Campo de Sueños, que si lo construimos “él vendrá”. Una oferta así no me la pierdo de ninguna de las maneras. 

Se lo que estáis pensando, que va a darme una somanta de palos con el bate por el abuso que  he cometido en este libro con su película Jurassic Park. No importa, le dejo. Es el más grande. Y si “el que va a venir” es Joe Pesci para enterrarme en el desierto de las Vegas tras la paliza, ya va a ser lo máximo a lo que puede aspirar un cinéfilo como yo.

Un momento...¿quién le acompaña?...ah no, eso no. Ha venido con Tom Cruise. ¡Pero si acabaron como el culo! ¿Por qué lo trae? Pues también me cojo mi bate de béisbol porque tengo que comentarle un par de cosillas. Comentarle con auténticas ganas.

Nos vemos pronto en otro descerebrado libro. O no. Ya veremos.


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