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churrasic park - capitulo 3

Capítulo 3º


Conociendo al enemigo, parte segunda : encontrando la cocina


“Si lanzas un triángulo de pizza caliente contra el techo se queda ahí pegado gracias a la acción adhesiva del queso al enfriarse”

Iósif Stalin, genocida soviético

Extraído del ensayo “Grandes ideas del Comunismo”,   Mari Pili Schwarzenegger, 1971, Editorial Jódete Trotski, Algete-Helsinki



Antes de lanzarnos de cabeza al apasionante mundo de la cocina vamos a empezar por el principio. Todos intuimos qué ocurre si no comemos - atención, no es tan fácil de suponer como parece como veremos más adelante - y también que es inútil esperar en la puerta al repartidor de pizzas o comida china si no le hemos llamado ni tenemos crédito en la tarjeta. 

Tampoco es recomendable permanecer atentos a la mirilla a la espera que un repartidor pase por nuestro rellano en dirección al hogar de un vecino. En primer lugar porque la espera puede ser larga y en segundo lugar porque "parece ser" (y digo esto extendiendo los brazos mientras entrecomillo al aire el "parece ser") que es ilegal 1) secuestrar al repartidor 2) quitarle la comida que lleva en la bolsa si no está destinada a nosotros y 3) lanzarle por el hueco de la escalera a modo de propina. La civilización parece que avanza pero ya veis, en realidad son dos pasitos pa'lante y uno pa'trás.

Dicho lo anterior parece bastante probable que tarde o temprano tengamos que cocinar. Habiendo aceptado lo inaudito lo primero es localizar la cocina de casa. 

A mi me pasó. Puse como unas doscientas demandas judiciales al constructor alegando que se habían olvidado de realizar tal estancia en mi piso. Al final la encontré, cuando la cosa ya andaba por el Tribunal de Derechos Humanos de la Haya. No veáis el corte que pasé cuando retiré la demanda. Para no parecer tonto prendí fuego a toda la ciudad con la esperanza de que las llamas llegaran al tribunal y así ahorrarme el bochorno pero "parece ser" (y digo esto extendiendo los brazos para entrecomillar "parece ser") que el edificio que lo alberga está de amianto hasta las trancas y no ardería ni que le cayera un meteorito encima. Aún recuerdo a la pobre funcionaria holandesa que me atendió, con las cejas y las puntas de la permanente churruscadas, pidiéndome perdón por el retraso en la anulación del juicio porque "habían tenido un fuego de cojones en la ciudad" y yo "claro, claro", así como haciéndome el ofendido...

La cocina es un cubículo de lo más curioso. He resumido las características que me ayudaron a localizarla por si os sirve para orientaros. 

En primer lugar no esperéis un espacio de grandes dimensiones a menos que viváis en una mansión de al menos 50 metros cuadrados. 

En caso contrario, como ya imagino,  la cocina es un lugar pequeño donde cabe lo justo. A saber : el frigorífico, el fregadero donde se depositan los platos, un lavavajillas, los fuegos, el horno, el microondas y en mi caso un señor de Palencia que dice que ya estaba allí cuando hicieron la cocina a su alrededor. Mal contados son 2,5 metros cuadrados y tal vez os parezca pequeña, pero si quitamos todos los armarios y los electrodomésticos es posible incluso estirarse en el suelo para dormir en posición fetal. 

Que la cocina sea pequeña no es porque seamos unos pobres de mierda - perdón por lo de pobres - sino porque el arquitecto era tan inteligente que quería que lo tuviéramos todo a mano. Yo puedo, sin problemas, abrir el frigorífico y al mismo tiempo hacer un revuelto de setas y ajetes tiernos mientras con el pie lavo el tarrito con mi nombre donde suelo comer. 

A veces es verdad que echo de menos un palmo más de cocina. Por ejemplo, cuando corto cebolla a veces se me va el cuchillo y apuñalo sin querer al vecino. Ya van como doce veces y claro, cuando nos encontramos en el descansillo se muestra comprensivo porque él también vive en un piso que es un puño, pero la relación está un pelín tensa, pa' que vamos a engañarnos. Ya ha empezado a decir que a ver si le clavo el cuchillo un poco más arriba, que no toque hueso y es lo que le digo, que yo no apuñalo a la carta.

Hay momentos de todo. Unos de aceptación, cuando miras a tu alrededor, pestañeas y con ello rozas la pintura de la pared contraria de la cocina y te dices "pues bueno, no pasa nada, la próxima vez me aparto un poquito". 

Otros de resignación, al comprender que de pobre no vas a salir y tu piso, la cocina, es a fin de cuentas el fiel reflejo de tu nómina mensual. Que haber sido más espabilado en la vida y haber estudiado un poco más cuando eras niño.

Y otros de indignación, a veces por las razones más peregrinas. El mío llegó en día que dejé el manojo apios sobre el mármol de la cocina y el penacho de hojas invadió la mitad del comedor. Me llegó el grito del niño diciendo que no podía ver la pantalla del televisor y claro, todo se te desmorona.

Pase que no tuviera galería donde tender la ropa. Pase que si abría simultáneamente pa' dentro las dos puertas de ambos extremos del comedor los cantos se tocaran, pero de ahí a que no me entrara entero en la cocina ni el manojo apio era algo que pasaba de castaño oscuro.

Al día siguiente empecé a buscar casa, solo por el deseo de visitar mansiones de más de veinte metros cuadrados donde se me tratara como el señor que no soy, además de dar una ilusión al chiquillo que estaba muy falto de todo.  Porque dinero para comprar otra casa la verdad es que no tenía. No debí hacerlo pero lo hice.

Me llamaron de la inmobiliaria y acudí presto con mi mejor traje y los mejores zapatos que mi niño había conseguido pintarme con acuarelas sobre los pies desnudos.

La vendedora me hizo pasar sin dejar de mirar hacia abajo, preguntándose en silencio si los dedos que veía eran auténticos o el efecto snob y hipster de un calzado extravagante. 

Le dije que qué bonito y qué grande, que gracias por el tiempo que me había dedicado. Extrañada me invitó a ver el resto del piso, que aquello era solo el recibidor. Y eso que mentalmente ya lo estaba tabicando para meter las tres habitaciones que me habían prometido en el anuncio. 

Entonces abrió una puerta y me hizo pasar. Ella se fue al fondo para empezar a loar la espaciosa cocina. Recuerdo que tuve que afianzarme al pomo de la puerta porque la amplitud me mareaba. A ello contribuía su voz lejana, casi con eco. Le dije que me había mareado y corrió a mi lado a colocarme un taburete en el culo. Dijo que temía que golpeara contra el mármol de la "isla". "¿Isla?", pregunté cuando me repuse, "¿tiene también mar? ¿Y hay que ir en barca?".  Igual que si fuera el del Show de Truman.

¿Sabéis esa mirada que le dedicas al Monopoly cuando llevas quince horas jugando y tu te preguntas cómo es posible que alguien te ofrezca un receso para preparar unos bocatas rompiendo la tensión del juego? Pues esa misma me dedicó la chica que pretendía venderme la casa. Alargando la mano, con la puntita de los dedos, con la cara estupefacta, tocó un gran bloque que en el centro ocupaba la estancia. Allí estaban las encimeras. Y había cajones y hasta un fregadero doble con una especie de ducha de tubería coarrugada que se podía separar del agarre para llegar a todas partes.

Luego me enseñó una nevera que se abría como un armario de par en par, el triple de grande que la mía. Además en el centro tenía una especie de hornacina de donde brotaron cubitos de hielo así puso un vaso debajo. Y una ventana que daba a un patio ajardinado y no a un tragaluz por donde de vez en cuando  caían gatos y bragas con tirantes de las vecinas. La cabeza me daba vueltas y al final pedí salir para respirar. 

Al cabo de un rato apareció en el rellano a preguntarme si me interesaba y no le dio tiempo a acabar la frase que ya me encontraba en el portal del edificio huyendo como si me hubieran mentado al Diablo. En aquella casa había un exceso de oxígeno que hubiera podido matarme.

Cuando llegué a casa mi hijo estaba expectante. Me senté en la silla del comedor que compartíamos por turnos y él hizo lo propio en el suelo sobre la servilleta que nos servía de alfombra. Recuerdo que le explicaba las medidas de aquella casa abriendo los brazos de par en par, gesticulando sin parar, y el chiquillo no paraba de exclamar "¡ooohhhh!". Pero cuando de verdad alucinó fue al llegar a la cocina. Le decía que era grande y el no paraba de preguntar "que cuánto". Que si era más grande que la distancia entre la entrada de nuestro piso y el dormitorio. "Claro, mucho más". Se levantó y abrió la puerta para dar un paso hacia el rellano. "¿Así?", preguntó sin salir de su asombro. "Más, mucho más".  De esta manera, pasito a pasito,  se fue alejando y aún así no llegaba ni a la mitad de las medidas de la cocina que había visto aquella tarde. Al final, de tanto alejarse, me lo tuvo que traer cogido de la mano el vecino al que apuñalaba de vez en cuando. 

Ahora que ya sabemos reconocer lo que es una cocina, que las hay grandes y pequeñas, vamos a dar un repaso al apasionante mundo de lo que contienen y que nos ayudan, hasta cierto punto, a cocinar. Digo esto sin rencor hacia el robot que compré ilusionado por las palabras del vendedor del Media Markt pero cuyo verdadero propósito tal vez no comprendí del todo. 

Aún sin desembalar lo llevé en el asiento del copiloto sin dejar de hablarle para que se acostumbrara a mi voz. Lo subí a casa y depositándolo en la mesa del comedor le conminé a surgir de la caja por sus propios medios. No ocurrió nada. Probé a cambiar la frase de apertura pero seguía sin ocurrir nada. Qué rabia me dio saber que el manual, que seguro me explicaba con detalle ese trascendental momento de su nacimiento, estaba dentro de la caja. Así que después de media hora de batallar con centenares de fórmulas de invocación decidí abrir la caja por mi mismo. Quería que lo primero que viera fuera mi cara para que quedara grabada en su impronta pero entonces apareció mi hijo que asomándose con impaciencia creo que le transmitió la imagen de un progenitor de extraña bicefalia. 

En el manual no ponía nada acerca de autoextraerse de la caja y el robot en si no se parecía a lo que yo esperaba. Es cierto que el vendedor me lo había enseñado antes de cobrarme el pastón y que no era gran cosa. Una especie de recipiente de acero inoxidable, unas cuchillas rotoras y amasadoras, una torrecita de uso indefinido así como un pequeño tablero donde podía elegir la receta a realizar. Para no parecer un paleto me reservé la pregunta clave sobre la manera en que aquella "cosa" se convertía en un robot humanoide y de nuevo el manual se mantenía mudo al respecto. 

Probé varios conjuros aprendidos en las películas de Harry Potter. Nada. Mi hijo hizo la observación de que tal vez necesitaba electricidad y al conectarlo al enchufe hizo una serie de ruidos y luces muy prometedoras. De nuevo repetí en voz alta y clara las órdenes para su transformación con resultado la mar de decepcionante. Lo confieso. Esperaba que en un momento dado  la cosa esa rara empezara a transformarse hasta convertirse en una especie de Optimus Prime para luego atarse el delantal y hacernos una tortilla de espárragos de seis huevos. 

Os ahorraré  la lamentable concatenación de intentos que llevé a  cabo durante los siguientes días hasta que mi hijo descubrió que un robot no tiene por qué tener ojos y hablar con voz gangosa para ser considerado como tal y que la forma externa del que habíamos comprado no iba a cambiar en exceso. 

Para más inri el bicho era cierto que cocinaba pero de una manera peculiar ya que había que hacerle toda la faena previa como ir a la compra o limpiar los ingredientes antes de introducirlos en la cubeta, de manera que aquello que más odiaba seguía siendo un asunto exclusivamente mío. Por no hablar de los pitidos que de forma constante nos iban avisando que era hora de echar el tomate o triturar el pepino y que me sumían en una inquietud constante. De hecho pareció que era yo quien se convertía en su esclavo.

Vale, confieso que mi percepción de lo que debía ser un robot de cocina estaba bastante distorsionado por las películas, pero lo que descubrí de los frigoríficos lo hice por mi cuenta sin que con anterioridad tuviera ninguna idea preconcebida al respecto de este aparato.

Manchester by the Fridge

Desde que era pequeño para mi las neveras eran cajas anodinas que enfriaban la comida para que no se estropeara. Si querías tener el pack de seis latas de cerveza fría debías usar el susodicho electrodoméstico. No había mayor misterio. No me preocupé hasta que un día mi hijo y yo estábamos viendo un programa en televisión donde Edurne decía que por la parte de atrás las neveras eran igualitas a Manchester. Empezamos a comentar la afirmación de la cantante y como siempre hemos tenido ganas de viajar decidimos apartar la nevera y ver Manchester gastando poco dinero y con relativa comodidad.

Así lo hicimos con tan mala fortuna que al tirar del cable de corriente me cargué el enchufe. Al intentar volver a embornar los cables algo crucé que hizo saltar el magnetotermico y mi hijo con la linterna del móvil fue a la caja del contador de luz para activarlo de nuevo. Volví a desmontar el enchufe y al conectarlo ya funcionaba sin problemas pero mi hijo exhaló un "¡hala!" prolongado que me hizo temer lo peor.  Desconecté otra vez y el niño chilló de nuevo al caerse de la silla. 

Lo que le había llamado la atención al chiquillo era la rapidez con que la rueda del contador giraba cada vez que reconectaba la nevera. No se trataba de una aceleración normal, era más bien como si de un movimiento durmiente y sosegado pasara a un ritmo frenético e hiperventilado. Algo no funcionaba bien. 

Dejamos la visita a Manchester para otro día y releímos el manual arrugado y amarillento de la nevera. Con un silbido el chaval me descubrió que el aparatito consumía unos 600 kilowatios por hora, lo que era seis veces más que el gasto energético del televisor. ¿Sería por las seis latas del pack de cerveza? Tal pregunta, que habría hecho bien en guardarme para mi mismo, me hizo ganar una colleja de mi hijo.

Empecé a echar cuentas. El televisor estaba encendido apenas unas horas, pero el frigorífico no se desconectaba jamás. De hecho debía representar más del 60% del total de la factura eléctrica si la calculadora de mi niño no se equivocaba. Estaba decidido. 

Aquella misma noche nos comimos la caja de empanadillas ultracongeladas y los tres yogures y así, ya vacía del todo, desconectamos de nuevo la nevera de forma definitiva. ¿Os habéis fijado que la nevera no posee un interruptor a través del cual podamos apagarla? Digo esto en negrita para reproducir en vuestros ojos los gritos con que emito esta aseveración. Ahora seguro que saldrá alguien de entre vosotros - ¿un cuñado? -  diciendo que la suya sí que tiene interruptor,  pero en la mayoría no es así. ¿Por qué? Seguro que lo habéis intuido al igual que yo,  conspiranoicos míos : para que no podáis apagarla. 

Pasó un mes desconectada sin que notáramos su ausencia. Compramos imanes para decorar su silencio y cuando nos cansamos de ver los mismos paisajes y frases ingeniosas le abrimos la puerta para colgar de las estanterías plantas trepadoras de plástico. 

Por fin llegó la ansiada factura y con manos temblorosas rasgué el sobre. No me lo podía creer. Era la misma factura de siempre. Peor aún, incluso había incrementado ligeramente. Debía tratarse de un error. Decidido a subsanarlo, porque beber cerveza caliente para no obtener compensación alguna era de tontos, acudí a la oficina más próxima de la compañía eléctrica.

Nada mas entrar en la oficina el guardia jurado me arreó una dolorosa patada en mis partes. Cuando le pregunté el por qué de tan defectuoso recibimiento me explicó, excusándose, que eran órdenes de Dirección para que cualquier cosa que me fueran a hacer en la compañía eléctrica a partir de ese momento me pareciera una nadería comparado con la hinchazón de mis genitales. 

Me recibió en Reclamaciones un tipo calvo que fumaba un puro barato mientras acariciaba un gato peludo recostado plácidamente en su regazo.

Le expliqué todo lo acontecido aquel día en que decidimos visitar Manchester.

-Guapa la tal Edurne.

-Guapísima.- respondí rápidamente para continuar con el hilo de mi discurso lo antes posible.

-¿Desconectó la nevera?

-Sí, así hice.

El puro se descolgó ligeramente de su labio mientras me miraba con desconfianza.

- ¿Y la cerveza?

- Caliente

- Nadie desconecta la nevera.

- Yo sí lo hice

- Es imposible.

- ¿Por qué?

- No tienen interruptor.

- Pero tienen enchufe.

- ¿Desconectó el enchufe?

- Sí. así es.

- Nadie hace tal cosa.

- ¿Por qué? ¿Está prohibido?

-Estamos en un país libre y la nevera es suya. Puede hacer lo que quiera. Pero es extraño.

-Queríamos ver Manchester.

-Yo he estado en Manchester. Le aseguro que no está detrás de su nevera.

-Edurne lo dijo.

-Qué guapa la tal Edurne.

-Sí, guapísima.

Se hizo un incómodo silencio. El calvo, que sin darme cuenta había cambiado su calvicie por un peluquín con flequillo, acariciaba el gato sin dejar de mirarme fíjamente.

-Bueno, ¿me van a arreglar la factura? - pregunté impaciente.

-¿Qué factura?

-Mi factura de la luz del mes pasado.

-Yo no veo ninguna factura.

-¡Claro que no! Se la acaba de dar al gato para que se la coma.

-No es un gato.

-¿Ah no?, ¿qué es?

- Un mono.

Intenté no entrar en cólera.

-A ver. Tiene orejas en punta, cola larga, bigotes, ronronea y hace un rato ha hecho “miau”. Eso es un gato.

-Es un tipo de mono.

-¡¿Ah sí?! - dije desafiante – ¿Y cómo se llama esa raza de mono?

-Unnnn…Monogato.

-Ha dudado. Confiese que es un gato. 

-No.

-Vale...ya entiendo – dije sonriendo mientras agitaba el dedo índice frente a su cara – Se trata de que no hablemos de la factura. Empecemos por el principio.

-¿Quiere que le vuelvan a dar una patada entre las piernas?

-No gracias. Voy servido. Quiero que la factura refleje que la nevera no ha estado encendida durante un mes.

-No puede ser.

-¿Por qué?

-La cuota – dijo en un tono inaudible que aún así capté.

- ¿Qué cuota? 

-Yo no he dicho nada de una cuota. Se lo habrá imaginado.

-Me parece que esta conversación no nos lleva a ninguna parte. Imagino que esa cuota es algo inamovible de la factura, gaste lo que gaste, ¿no es así? - el hombre se encogió de hombros – Y si gasto más, eso sí que lo reflejará la factura, ¿no?

Me levanté de un salto y afianzando las manos en ambos extremos de la mesa me encaré a un palmo de su cara y a dos del lomo del gato.

-Pues sepa usted que no pienso volver a conectar la nevera. Y que voy a investigar a fondo dónde va a parar esa cuota. - le dije llenándole la cara de perdigonazos de saliva.

-Entonces tendremos que enviar a “los Insinuantes”. - replicó de nuevo de forma casi imperceptible.

Pregunté qué eran los Insinuantes pero me respondió con un nuevo saltito de sus siempre ignorantes hombros. Luego de rogarme que al salir cerrara la puerta tras de mi, pues no era la primera vez que su “mono” aprovechaba cualquier rendija para escapar,  salí a la luz de la calle preocupado por todo aquello que el hombre del peluquín me había susurrado.

Tras la no reveladora conversación pasé unos días meditando qué iba a hacer. No fue tiempo perdido. Mi hijo trasladó su habitación al interior de la nevera porque era más espaciosa y guiñándome el ojo dio a entender que en verano tal vez la encendería para estar fresquito a lo que contesté que “ya veríamos”. 

Llamé a varias cadenas de televisión para exponer mi caso y las conversaciones iban bien hasta que decía que se trataba del abuso de una eléctrica. En ese momento la conversación se cortaba y cuando llamaba de vuelta el reportero había fallecido de repente – algo que me escamaba, pues parecía ser la misma persona con la que había hablado pero en ese momento con la voz impostada – o incluso me negaban que la cadena existiera, algo que tampoco veía claro porque la estaba viendo en ese momento, a lo que aducían que se trataba de material “grabado”.  

Desistí de las televisiones, así que llamé a las cadenas de radio con idéntico resultado. Lo máximo que obtuve fue, en una cadena local que se transmitía desde y para un  pueblo deshabitado de Teruel, una pequeña reseña donde se culpabilizaba a las neveras sin mencionar para nada a las eléctricas. Recuerdo que un oyente – de hecho “el” oyente – llamó a la emisora para subrayar esta aparente omisión a lo que el locutor respondió – y juro que su voz era idéntica a la del oyente – que las neveras no se alimentaban de la red eléctrica si no de una especie de prana o alimento energético que ni consumía ni afectaba a la factura eléctrica mensual.

Estaba tratando de asimilar lo que acababa de escuchar cuando el vecino al que solía apuñalar aporreó la puerta de casa. Con el rostro del que espera una respuesta que le convenza me soltó que estaba, como cada día, cogiendo con unas pinzas de barbacoa las cartas de mi buzón, cuando un tipo que no conocía de nada se había puesto a su lado para decir que “alguien” del edificio estaba conectado a la electricidad de la escalera. Le hice entrar a casa e hicimos cábalas sobre los posibles infractores, no sin antes mostrarle que de mi instalación no partía ningún cable hacia la caja eléctrica del rellano.

Con sigilo miramos todos los rellanos e incluso nos aventuramos más allá del ático, donde los humanos no habían puesto los pies desde hacía décadas. No encontramos nada anormal, así que mi vecino, más calmado, regresó a su casa.

Al día siguiente otro vecino me habló del tema del robo eléctrico, pero aquella vez increpándome. Según él un hombre se había colocado junto a él en el supermercado para susurrarle que yo estaba robando luz a la escalera. Me quedé perplejo. De nuevo le hice pasar para que comprobara que no había nada raro en mi instalación e incluso vio la habitación de mi hijo, antes llamada nevera. Se marchó medio convencido, preguntándose por qué me habían señalado de una manera tan directa. Lo mismo que yo me preguntaba.

A partir de aquel momento se produjo una procesión de vecinos por mi rellano. Algunos acusaban, otros se mostraban extrañados y solo querían cerciorarse que no era verdad, mientras que la mayoría, tan tímidos ellos, me dejaban la puerta del rellano con pintadas rojas que decían “ta boy a mata’” (perdón por los errores ortográficos, es literal).  A todos ellos se les habían acercados hombres desconocidos sembrando semillas de duda.

Pero fue la señora Mari Luz – nombre profético donde los haya – la que me dijo que un hombre “le había insinuado” que era yo quien robaba la electricidad de la comunidad. Al escuchar la palabra “insinuado” algo en la cabeza me hizo “click” y empecé a atar cabos. Aquello debía ser obra del hombre del monogato y los Insinuantes eran aquellos que propalaban falacias sobre mi conexión fraudulenta a la red eléctrica. Estallé de ira, prometiendo a la mujer, a la escalera, al Mundo entero, que aquellos truhanes tendrían su merecido castigo. Dicho esto cerré la puerta de un portazo para organizar mi terrible venganza, aquella que haría prevalecer la Verdad y la Justicia sobre la tiranía de los poderosos.

Estaba en pleno éxtasis imaginando los terribles sufrimientos a los que sometería a las Eléctricas cuando sentí la manita de mi hijo agarrando la mía como si me pidiera que le sacara a pasear. Agaché la cabeza y vi sus ojos inocentes mirándome a través de sus gafas de culo de botella mientras me sonreía con tranquilizante afabilidad. Me condujo hasta el comedor para hacerme sentar en la silla. Luego rebuscó en el armario de su habitación – lo que antes era el cajón de la verdura – para traerme un collage hecho en una cartulina. Protesté. No tenía el cuerpo para ver uno de sus trabajos para la escuela. Insistió en que lo mirara. 

No era un trabajo de la escuela. En el centro había pegado fotografías de los últimos presidentes del Gobierno y de decenas de antiguos ministros. De las mismas partían flechas que los conectaban con el consejo de administración de las empresas eléctricas.  Aquellos que habían aprobado más leyes a favor de las Eléctricas mientras ostentaban algún tipo de poder decisorio eran los que ocupaban los puestos de más relevancia en cada consejo de administración en la actualidad. Gente que jamás había cambiado una bombilla ni parecía tener la más mínima idea de qué era un voltio.

Hice un último intento de protesta pero mi hijo me tapó la boca reclamándome silencio. A la vez me tendió el enchufe de la nevera. Al principio no entendí hasta que comprendí qué quería decirme con aquel gesto. Mis hombros se aflojaron. Tenía razón. Antes de re conectar y abandonar toda pretensión de subvertir el presunto orden con que la Justicia disfrazaba la Injusticia, miré a mi hijo y con lágrimas en los ojos le pedí :

-¿Miramos Manchester por última vez?

Asintió feliz. Le senté a él en la silla y yo lo hice sobre la servilleta que nos servía de alfombra. 

Y así nos pasamos un rato largo, sentados frente a Manchester, sin cruzar palabra, hasta que el sol se puso sobre la ciudad.

Lavavajillas

Entiendo la utilidad del lavavajillas. Cualquiera lo haría tras lavar a mano todo el menaje empleado en una comida multitudinaria.

La compresión más básica consiste en saber que los platos entran sucios y al cabo de una hora, más o menos, salen limpios. Si entramos en detalles la cosa se complica. 

En primer lugar conviene saber que a este aparato hay que alimentarlo con detergente y abrillantador. Lo primero sirve para desengrasar la vajilla mientras que lo segundo otorga a los cristales ese punto de brillo que solo tiene el cristal más fino o los diamantes, idéntico a la explosión de una supernova. ¿Innecesario? Tal vez ¿Superfluo? Seguro, pero a los humanos nos gustan las cosas más por su apariencia que por lo que son, aunque a menudo hacer recaer dicho punto de resplandor sobre un plato de Duralex acerque la bella tragedia cósmica al ridículo terrestre.

También hay que ponerle sal. La sal sirve para reducir la dureza del agua – presencia de cal – para evitar daños en el lavavajillas.  Si no se le añade sal en poco tiempo los conductos por donde circula el agua mostraría las típicas calcificaciones y en casos extremos, la formación de estalactitas   y estalagmitas.

La efectividad del aparato reside en hacer circular agua enjabonada a presión por los platos para que arrastre la suciedad, incluyendo además el ya mencionado abrillantado y un rato de secado. Si alguna vez habéis pasado un túnel de lavado para vehículos metidos dentro del mismo, el proceso es similar.

Hace años, cuando estos aparatos se empezaron a popularizar, había varias cosas que se les reprochaban. El primero era la contaminación que provocaban en las aguas. El segundo reproche iba dirigido al gasto en agua que se derivaba de su uso. Por un lado antes de introducirlos en la cesta interior se recomendaba limpiarlos de restos sólidos y pasarlos por agua para hacer un pre lavado como paso imprescindible a la limpieza general. Recuerdo que mucha gente se quejaba de este aclarado previo que los fabricantes justificaban como un insignificante contratiempo comparado con el tiempo que se ahorraba durante el lavado.

Actualmente ya no se dice nada de los productos químicos. No creo que el problema de contaminación haya desaparecido, pero cuando no hablas de un problema es como si hubiera desaparecido. Es curioso, ¿verdad? 

El segundo problema, el gasto en agua, se ha revertido para pasar a ser un tanto a su favor. Los modernos lavavajillas ya no precisan de aclarado previo – eso dicen – y gastan mucha menos agua que lavando a mano.  De hecho algunos estudios indican que ahorran alrededor de un 8% de agua con respecto al lavado a mano. Por si os interesa saberlo, un lavado normal con lavavajillas gasta alrededor de 60 litros de agua.

Esto, que en principio nos lo creemos porque a ver quién es el guapo que mide el agua que entra y sale, no significa que el lavavajillas no presente otros problemas en los que no reparas hasta que te lo compras.

Uno de los primeros problemas que te encuentras y no esperabas está relacionado con la capacidad del aparato. Supongo que se pensaron en una época en que las familias eran de tamaño considerable y llenar las cestas era cuestión de un solo día. Ahora, con viviendas plagadas de familias monoparentales o de personas solas, cuesta dos y hasta tres días llenar las cestas. Y si no te resignas a esperar, te ves obligado a realizar un despilfarro lavando pocas piezas. 

Esto supone que debes disponer de vajilla y menaje suficiente para equipar la mesa o la cocina mientras la sucia permanece ociosa a la espera de ser lavadas. Al final te encuentras con tres escurrideras, cuatro espumaderas y ocho batidoras de varillas  a menos que saques de la cesta una pieza sucia, pero imprescindible, para lavarla a mano, con lo que el gasto de agua se dispara.

Otro de los problemas, también relacionado con la capacidad, reside en la elección del tipo de lavado. Platos poco sucios y del día se pueden lavar con programas cortos y agua templada mientras que platos con dos o más días a la espera de ser lavados requieren programas largos y temperaturas elevadas. Así que si vives solo o en muy pequeña comunidad la terrible decisión es saber si eliges el botón ECO y eres un ser maravilloso o el botón LAVADO EN PROFUNDIDAD para mostrarte al mundo como lo que eres: UN MONSTRUO AL QUE GRETA THUNBERG ODIARÍA.

Y me preguntaréis, ¿qué tiene que ver el lavavajillas con la cocina? Por si no lo sabéis hay toda una corriente entre esotérica y gilipollas que aboga por aprovechar los lavados a alta temperatura de este aparato para cocinar comida. Existen en el mercado una serie de recipientes en los que puedes introducir los ingredientes y una vez cerrados a presión colocarlos en el lavavajillas para que con el calor se cuezan (porque más allá de una cocción poca cosa más se puede hacer).  Y aún así no se trata de una cocción perfecta.

Los lavavajillas alcanzan como mucho los 70 grados centígrados con lo cual están lejos de los 100 grados que precisa una cocción. Si se te ocurre meter unos huevos para hacerlos cocidos nada te garantiza que la salmonela que pudieran contener muera a tan baja temperatura. Para el resto de ingredientes como verduras, patatas o similares, lo máximo que te puede pasar es que los consumas medio crudos. A todo eso hay que añadir que la presencia de detergente y abrillantador – un entorno químico – no es lo más ideal para que rodeen la comida. Un fallo en el cierre hermético de los recipientes empleados para estos menesteres que pase desapercibido y puedes tener un problema de órdago.

A pesar de los mensajes de alarma de los expertos sobre este uso anómalo del lavaplatos, muchos siguen cociendo cosas en el mismo alardeando del aprovechamiento y ahorro que ello conlleva. Para que luego te preguntes por qué hay antivacunas o cuñados…

Fregaderos

Siempre creí que el hecho de que una cocina contara con fregadero de una o dos cubetas dependía del tamaño disponible en la misma. Por lógica las cocinas pequeñas se equipaban con fregaderos de una cubeta mientras que las grandes podían contar con dos, isla y hasta muelle de atraque. 

Mi pensamiento cambió cuando conocí a Manuel, el albañil que vino a reformar la cocina de casa por enésima vez para ver si con ello podía salvar mi matrimonio. Y de paso salvar el suyo llevando a su familia a Disneylandia con el sobrecoste que le pagaba. 

Cuando le vi colocar un fregadero de una sola cubeta me extrañó. Siempre habíamos tenido fregadero de dos cubetas y la mono me parecía un atraso. Manuel me aclaró que se trataba de una elección directa de mi ex y entonces, roto de dolor, comencé a llorar en su hombro.

Manuel, que era buen tío a pesar de tomar pastillas constantemente, me explicó que la elección “mono” no contenía un mensaje subliminal. Al menos no como yo pensaba. En realidad era al contrario. El nombre técnico de cada cubeta es “seno” y con la elección de un único seno para el fregadero mi futura ex mujer me enviaba un mensaje sobre su no deseo de que, si aquello tampoco funcionaba, encontrara una nueva compañera o, si lo hacía, que al menos solo poseyera una teta. Que en cierta manera aún había un rescoldo que se podía avivar para salvar lo nuestro.  Que seguro todo iba a salir bien.

Le agradecí aquel rayo de esperanza, por muy encajado con calzador que pareciera.

Dos meses después mi mujer se divorciaba, se quedaba la casa, el coche, el niño y cambiaba la cubeta mono a una doble con la primera pensión que recibió de mi parte. 

Manuel, por si lees esto, que sepas que no te guardo rencor. Solo espero y deseo que cuando os revolquéis sobre la cocina que pagué con tan buena fe, dándote además una propinilla para que te lo gastaras con la que era entonces tu mujer (de dos senos), te cortes con un canto mal pulido del fregadero y la gangrena te lleve al otro barrio donde, gracias a la ventaja que llevarás, tal vez consigas escapar de mi. Amén.

Encimera

El gran avance de la Civilización – así, en mayúscula -  se produjo cuando se cambiaron los fuegos de gas por la encimera de vitrocerámica. 

Eso sí que fue un adelanto. Ya sea de gas o eléctrica, que puedas limpiarla con solo pasar un paño constituyó un avance comparable a la invención de la rueda hexagonal, de uso común hasta que apareció la circular (creada la primera por los mismos del tetra brick, que todo tiene explicación).

Hasta ese momento, y de hecho aún subsisten muchos ejemplares, la encimera estaba constituida por unos cuantos fuegos (cuatro era lo habitual) que debido a su forma tridimensional dificultaban enormemente la limpieza. A veces hasta requerían el desmontaje de los quemadores. 

Con la colocación de la placa de vitrocerámica pasamos del 3D al 2D, igual que durante años nos vimos obligados a llevar gafas de plástico para ver muchas películas de animación y luego hemos vuelto a lo de siempre porque era mirar hacia atrás en el cine y era echarse unas risas con el careto que teníamos con aquello puesto. 

Microondas

El horno de microondas es un asunto delicado que prefiero dejar para MITOS Y LEYENDAS. De momento, hasta que leáis el capítulo indicado, no mantengáis ninguna conversación delicada frente al microondas.

Gas

Que haya gas dentro de una cocina es un tema serio. El gas alimenta quemadores y hornos, amén de la calefacción, que si lo vais a pensar es como meter un explosivo directamente en vuestras casas. 

Me gustaría explicaros algo que ocurrió en mi pueblo en referencia al gas pero antes de empezar el relato os pido por favor que apaguéis la risa y extingáis la sonrisa. Lo que ocurrió es muy serio y no permito que nadie se ría de mi pueblo porque voy a su casa y sin mediar palabra, lo agarro de los pelos y lo arrastro hasta la acequia.

Así que como detecte cachondeo, siquiera una sonrisita condescendiente, ya os podéis ir preparando porque este libro está entrenado para saltaron a la yugular al menor signo de burla y si habéis comprado la versión electrónica está entrenado para hackear vuestra cuenta de Whatsapp y empezar a enviar vuestras fotos más íntimas a todo quisque. Avisaos estáis.

Mi pueblo se encuentra en el punto donde convergen los límites territoriales de la provincias de Orense, Huelva, Jaén y Huesca. Digo todo esto para que os situéis correctamente. 

De toda la vida hubo planes para llevar las conducciones de gas natural a nuestro pueblo pero como los políticos que nos gobernaban hacían la magia de multiplicar por diez el presupuesto que nos enviaba la empresa gasística la cosa se quedaba siempre en un quiero y no puedo. 

Sea como fuere, nuestras cocinas se alimentaban con bombonas de butano y de toda la vida el monopolio había correspondido a los pakistaníes que arribaron al pueblo en patera veinte años atrás. De hecho desembarcaron de la misma ya vestidos con un mono naranja y portando una bombona al hombro, lo cual nos motivó doblemente para adaptar de forma rápida nuestras tradicionales cocinas alimentadas por boñigas secas de vaca por el gas butano que era como mucho más moderno y vistoso. 

Pero como todo avance tecnológico conlleva un retroceso intelectual, en el justo momento en que adaptamos nuestras cocinas a la nueva fuente de energía se empezó a larvar un drama. 

Durante años nuestro repartidor oficial fue Hussein, un tipo alto y enjuto. Era simpático y había aprendido el idioma con rapidez, así que nos caía tan bien que nunca nos planteamos si el monopolio que ostentaba era merecido o fruto de la muerte accidental del resto de pakistaníes que habían tomado por costumbre suicidarse lanzándose al pantano con una bombona atada al cuello y las manos grapadas en el interior de los bolsillos. 

Con Hussein aprendimos que era mejor comprar una botella por semana para mantener un stock estratégico de gas y con ello evitar pinchazos accidentales de las ruedas de nuestros vehículos - nunca entendimos cuál era la relación entre el butano y el aire que inflaba las ruedas - y que la vuelta por la compra de una bombona, dando un billete de quinientas pesetas, era igual a cero para un coste por unidad de doscientas cincuenta pesetas dando un nuevo sentido al término “aritmética creativa”.

Hussein llegó a enriquecerse pero no gracias al monopolio que ostentaba. Durante un tiempo aquellos que iban a ser desahuciados por diversos impagos tomaron la costumbre de esperar la comitiva judicial con el piso lleno de bombonas de butano hasta las trancas. A menudo hasta preparaban en el descansillo una mesa larga ocupada por diversos manjares a modo de jocoso agasajo , tipo buffet. 

Miguel, el cerrajero de los juzgados, sobrevivió a tres lanzamientos. Entendíamos que la primera vez le pillara desprevenido pero la segunda y la tercera ya era como más difícil de explicar. 

Apoyado en la barra del bar con su brazo de plástico y su pata de palo nos explicaba que teníamos razón, pero que aquellas mesas largas cargadas de viandas "tenían delito". Empezaban con unos espárragos, unas berenjenas de Almagro, unas aceitunicas rellenas de pimiento. Luego mejillones en escabeche, unos caracoles a la madrileña, unos tigres con la bechamel al punto y el rebozado crujiente. Y al final de la mesa se percibían unos carabineros, un pulpo a la gallega, hasta unos michirones bien cargadidos. Era un in crescendo de delicatessens  que por mucho que acabaran en una explosión de sabores - en sentido figurado y literal - era perdidamente tentador. 

Miguel recordaba que incluso durante la última explosión, el funcionario de juzgados el policía municipal y él mismo, tras dar buena cuenta de la comida se habían conjurado a no llegar hasta el final de la parada. Fue el funcionario el que rompió el consenso largando un "yo los carabineros no me los pierdo" y  a partir de ahí Miguel ya no recordaba más cosa que verse compartiendo el campanario de la iglesia con una cigüeña asustada.

Los años pasaban y el pelo de Hussein encanecía. Podía haber dejado de trabajar pero, como solía comentar con los ojillos húmedos, se había acostumbrado tanto a extorsionarnos que no se veía en casa mirando la tele o tirando pan a los patos del estanque. Su carácter se iba ablandando y por eso no nos extrañó que tomara a otro pakistaní joven como ayudante y futuro sucesor. 

Hassan repartía las bombonas en una determinadas barriadas periféricas del pueblo, aquellas tan alejadas del núcleo urbano que eran más una carga  que una fuente de beneficios para Hussein el Viejo.

Todo iba relativamente bien hasta el día en que por alguna razón desconocida el joven Hassan cambió el hierro con el que golpeaba las bombonas. 

De toda la vida Hussein había anunciado su paso golpeando con un trozo de hierro las bombonas que portaba en su carrito. Se trataba de una pequeña llave o incluso una moneda con la que percutía sobre la bombona y que avisaba a los vecinos que podían - mejor dicho, debían - bajar a la calle a comprar su bombona.  Se trataba de un clinquineo sutil, casi inaudible. Hassan copió el método hasta que, sin razón aparente, cambió el pequeño objeto metálico por un objeto de hierro de cierto tamaño. Nadie sabe por qué lo hizo, pero aquel día los tres golpecitos rápidos casi inaudibles se convirtieron a nuestros oídos en campanadas que resonaron por todo el pueblo. Los vecinos, acostumbrados al tintineo casi imperceptible pero entrenados al modo del perro de Pavlov para bajar a la calle de forma automática, anduvieron desde el centro del pueblo hasta aquella calle remota donde Hassan el Joven, sonriendo, cogía los billetes de cualquier valor para entregar una bombona sin proporcionar cambio alguno. Tal y como había hecho Hussein el Viejo toda su vida siguiendo las prácticas ancestrales del “no change” sin las cuales mis conciudadanos ya no sabían contar.

Dicen los parroquianos del bar que cuando sonaron los campanazos se encontraba Hussein el Viejo apoyado en la barra degustando su café con leche en vaso de cristal. Sonreía con esa suficiencia del que sabe que venderá aquel día las quinientas bombonas apilotonadas en el camión de reparto sin ningún esfuerzo. Como siempre ocurría. Y entonces su rostro se torció al eco lejano e inesperado del repicar de Hassan el Joven. 

Los viejecitos que tomaban el sol en la plaza del pueblo lo vieron marcharse con el rostro encendido y el caminar del que va determinado a hacer algo y gordo. Barruntaron que aquello no iba a acabar bien pero no supieron prever cuál iba a ser el final. Si no hubieran temido que alguien les robara el sitio bajo la sombra de la morera habrían salido corriendo. 

A las 11:45 horas Hussein el Viejo reapareció por el centro golpeando las bombonas con una barra de acero que debía pesar quince quilos por lo menos. Los toquecitos leves que a veces ni servían para despertar a los vecinos se habían convertido en profundos tañidos de campana que hacían temblar las paredes de los edificios. 

A las 12:31 h Hassan el Joven se presentó en la ferretería para comprar el martillo macho más gordo que tuvieran. Le vendieron, sin preguntar el para qué, el que utilizábamos los mozos del pueblo que nos habíamos licenciado en Filosofía y Letras para derribar la puerta de la casa del alcalde durante El día del Conejo. 

Unos minutos más tarde el sonido que emanaba de las bombonas de Hassan el Joven tras la caricia del martillo se empezó a escuchar por toda la comarca. Contuvimos la respiración. Tras un breve silencio ya no hubo tregua. Los golpes no solo se hicieron brutales, si no que además aumentaron de frecuencia y duración, de manera que los de Hassan el Joven  se solapaban con los de Hussein el Viejo hasta el punto que los vecinos no acababan de emprender un camino que se desdecían de inmediato atrapados en una hipnótica secuencia del CLANK,CLANK,CLANK y CLONK,CLONK,CLONK. Parecían zombies yendo de lado a lado con su billete de 500 pesetas ya preparado en la mano. Para la hora de la siesta ya quedaba claro que aquello no podía acabar bien. Los dos guardias municipales del pueblo se excusaron alegando que debían bajar un gatito de un árbol en una pedanía distante seis kilómetros del núcleo urbano. 

Doña Margarita metió por primera vez a su marido en casa desde que en 1969 lo sacó al balcón para que se secara tras la ducha. 

Los viejecitos de la plaza del pueblo apagaron los audífonos y apretaron la dentadura postiza para minimizar el impacto. 

Al atardecer las bombonas que habían resistido hasta ese momento  el golpeteo con notable entereza empezaron a ceder. No así los dos pakistaníes, tozudamente aferrados a aquel pavoneo e indiferentes al hecho de que el metal empezara a abollarse como si se tratara de latón. 

La noche se precipitó sobre el pueblo que estaba más silencioso que nunca, como si fuera el público de una interminable partida de tenis. Expectante. Los había que se escondían bajo las sábanas, como si éstas fueran capaces de parar la onda expansiva. 

Otros quisieron marcharse pero la curiosidad por saber qué ocurría “dentro” de una deflagración les encadenaba a sus casas. 

La oscuridad trajo otro efecto sorprendente. La pintura debía haber caído de las maltratadas bombonas y ahora los metales del percutor y de las carcasas, puestos en contacto, levantaban chispas que iluminaban los barrios por los que circulaban los dos hombres. Se veían centellas brotando por encima de los tejados de las casas en una suerte de fuegos artificiales que eran respondidos con “ohs” y “ahs” admirativos de los vecinos. 

Asomados en los balcones los habitantes de mi pueblo especulaban si el vistoso espectáculo luminoso correspondería en tal o cual momento a Hussein el Viejo o a Hassan el Joven y por cuales calles estarían discurriendo en ese momento. 

Tal vez fue fruto de la  casualidad pero en aquel momento Hussein el Viejo se encontraba en el barrio del Estallido mientras que Hassan el Joven estaba a unos pocos metros, en la calle del Polvorín. Lo anunció un chaval que corría de un lado a otro para ver la evolución de los tamborileros y que con mucha guasa anunciaba la posición de cada uno a la manera de los pregoneros.

Fue lo último que anunció. El gatito que nuestros dos guardias urbanos se afanaban en bajar del árbol acabó encastrado contra la Torre Eiffel en París, convirtiéndose así en el habitante de mi pueblo que más se alejó del mismo en toda su Historia. 

De los dos policías nunca más se supo, ni tampoco del árbol. El vecino que se protegía bajo las sábanas atravesó tres alturas para empotrar a su vecina del ático contra el frigorífico haciendo su sueño realidad aunque de una manera totalmente perversa. 

Los abuelitos que tomaban la fresca en la plaza del pueblo tuvieron que recolocar las baterías de sus audífonos mientras dos barrios enteros desaparecieron con aquellas calles y aquellas plazas y aquellas esquinas y aquellas fuentes y aquella escuela nacional y aquella estatua y aquel puente y aquella carretera general y aquel perro muerto en la cuneta y aquellos albañiles en camiseta... 

La deflagración casi sincronizada abrió un socavón de diez hectáreas. Por fortuna profundizó veinte metros para dar con una veta de agua que inundó el agujero formando una piscina natural de manera que aún no se había apagado el ir y venir de la onda expansiva así chocaba contra los Pirineos que ya más de uno iba corriendo con gafas de buceo, bañador y aletas a practicar natación calle Mayor abajo y a hacerse selfies poniendo morritos, de manera que no se comentó otra cosa en el pueblo las siguientes dos semanas, tanta era ya por entonces la desvergüenza de los influencers e instagramers.

Ni de Hussein el Viejo ni de Hassan el Joven se supo nada más. Como la gente de mi pueblo es siempre muy optimista tenemos la oreja y las quinientas pesetas preparadas, que no hemos cambiado por euros,  listas por si algún tintineo nos despierta del letargo para inducirnos a la compra compulsiva de bombonas. 

Receta del día

Plátanos envueltos en jamón York con salsa alioli


Una receta con la que amenazar a vuestras visitas cada vez que sugieran que ya es hora de que les invitéis a comer a vuestro hogar. 

Ingredientes (6 comensales)

6 plátanos

6 lonchas de jamón York, del barato

1 cucharada sopera de mostaza

200 gramos de salsa alioli, con extra de ajo (la compráis ya hecha y si acaso le añadís media docena de dientes de ajo)

Opcional : risas a lo Perrito Pulgoso de los Autos Locos mientras la confeccionáis.

Dificultad : media-baja 


Pelamos los plátanos y los untamos con la mostaza.

Envolvemos los plátanos con las lonchas de jamón York.

Depositamos el engendro anterior en una fuente plana que pueda ir al horno.

Precalentamos el horno a 180 grados.

Cubrimos los plátanos con la salsa alioli.

Introducimos en el horno durante media hora o hasta que los plátanos tomen color.

Se sirve inmediatamente acompañado de un vino Lambrusco de menos de 3 euros la botella. También marida perfectamente con vino picado o vinagre de manzana, al gusto.

Recomendamos: preguntar constantemente a los invitados qué les parece la preparación colocando cara compungida cuando os canten cuatro verdades. Si alguien lleva el pelo largo le ayudáis, como todo buen anfitrión, a sujetarle la melena mientras vomita.


Ruegos y preguntas


“Buenas tardes,

cada vez que veo a Anne Hathaway en el cine me dan ganas de comérmela. Cuando la veo en televisión solo le daría un bocado, pero con ganas.

Dígame, ¿soy caníbal? En caso de respuesta afirmativa, por favor deme una receta rápida sin usar horno.

Uno que no ha visto Los Miserables”

Respuesta :

Hola,

no se preocupe, me pasa lo mismo. Que solo quiera morderla al verla en televisión es normal, la pantalla es mucho más pequeña. La pantalla de cine es desde siempre más pantagruélica.

Lamento decirle que usted es caníbal. Todos los somos, al menos en potencia. Un poco de mucha hambre y verá en sus congéneres un filete con patas.

Me resulta difícil darle una receta para cocinar a la señora Hathaway. No creo que le resultara fácil comérsela. Si no lo consiguió Rebel Wilson, menos vamos a poder usted. 

He visto Los Miserables pero siento decirle que Anne sale cadavérica en la misma, nada que ver con su maravillosa carnalidad en “El Diablo viste de Prada”. Si al final se decide a verla,  cuando oiga cantar a Russell Crowe a ese sí que deseará morderle en la tráquea. Se va a pasar el rato dando bocados al aire.

Atentamente

*******

“Buenas tardes,

 el otro día me tragué una cereza entera y como soy muy egoísta me negué a evacuar el hueso. Ahora tengo miedo a que germine en mi sistema digestivo, ¿qué me recomienda?

Una persona angustiada”

Respuesta :

Hola,

interesante pregunta. Entiendo que tras pensártelo bien has intentado finalmente evacuar sin éxito y ese hueso de cereza sigue dentro de cuerpo.

Es probable que eche raíces. Abono hay. Te recomiendo que abras la boca para dejar salir el tronco y las ramas. Con un poco de suerte te ahorrarás un viaje al valle del Jerte para ver florecer los cerezos: ya tendrás una floración completa en tus narices. 

Cualquier cosa que necesites ya sabes dónde encontrarme. Si eres tan amable de enviarme un kilo de cerezas te lo agradecería enormemente.

Un saludo.

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